Martín Rivas

Martín Rivas

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—Por esto —decía San Luis—, entre estas gentes, los amores avanzan con más celeridad que por medio de los estudiados preliminares que en los grandes salones emplean los enamorados para llegar a la primera declaración. El uso de las ojeadas, recurso de los amantes tímidos y de los amantes tontos, es aquí casi superfluo. ¿Te gusta una niña? Se lo dices sin rodeos; no creas que obtienes tan franca contestación como podrías figurarte. Aquí, y en materia que toque al corazón, la mujer es como en todas partes: quiere que la obliguen, y no te responderá sino a medias.

—Te confieso, Rafael —dijo Rivas—, que no puedo divertirme aquí.

—Eh, yo no te obligo a divertirte —replicó San Luis—; pero te declaro perdido si no te distraes siquiera con la escena que vas a ver. Te voy a mostrar un espectáculo que tú no conoces.

—¿Cuál?

—El de un rico presuntuoso a merced de la pasión, como el más infeliz; espérate. Rafael llamó al joven Encina, que multiplicaba sus protestas de amor al lado de Adelaida. El rostro del joven estaba encendido por el vapor de la mistela y por la desesperación que le causaba la frialdad con que la niña recibía sus declaraciones.

—¿Cómo están los amores? —le preguntó San Luis.


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