MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —AsÃ, asà —contestó AgustÃn contoneándose.
—¿Quiere usted que le diga una verdad?
—Veamos.
—Al paso que va usted no será nunca amado.
—¿Por qué?
—Porque usted está haciendo la corte a Adelaida como si fuera una gran señora. Es preciso, para agradar a estas gentes, mostrarse igual a ellas y no darse el tono que usted se da.
—Pero ¿cómo?
—¿Ha bailado usted?
—No.
—Pues saque a bailar a Adelaida una zamacueca, y ella verá entonces que usted no se desdeña de bailar con ella.
—¿Cree usted que surta buen efecto eso?
—Estoy seguro.
AgustÃn, cuyas ideas no estaban muy lúcidas con las libaciones, halló muy lógica la argumentación que oÃa; pero tuvo una objeción:
—Lo peor es que yo no sé bailar zamacueca.
—¿Pero qué importa? ¿No dice usted que en Francia ha bailado lo que llaman can —can?
—¡Oh, eso sÃ!
—Pues bien, es lo mismo, con corta diferencia.