Martín Rivas

Martín Rivas

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Agustín se decidió con aquel consejo y solicitó de Adelaida una zamacueca.

Un bravo acogió la aparición de la nueva pareja; Rafael puso la guitarra en manos de Amador, que cantó, improvisando, con voz que la mistela había puesto más sonora:

Sufriendo estoy, vida mía,

De mi suerte los rigores,

Mientras que, ingrata, tirana,

Te ríes de mis dolores.

Agustín, animado por San Luis, se lanzó desde las primeras palabras del canto con tal ímpetu, que dio un traspié y bamboleó por algunos segundos a las plantas de Adelaida. Gritaron entonces todos los que palmoteaban, dirigiendo cada cual su chuscada al malhadado elegante.

—¡Allá va el pinganilla!

—Venga, hijito, para levantarlo.

—No se asuste, que cae en blando.

—Pásenle la balanza que está en la cuerda.

Enderezóse, sin embargo, Agustín y continuó su baile, haciendo tales cabriolas y movimientos de cuerpo que la grita aumentaba lejos de disminuir, y Amador, fingiendo voz de tiple, cantaba con gran regocijo de los oyentes:

Al saltar una acequia,

Dijo una coja:


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