Martín Rivas

Martín Rivas

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Agárrenme la pata Que se me moja.

Repitiendo todos estas últimas palabras, hasta que el elegante creyó que las voces que oía las arrancaba el entusiasmo, y cayó de rodillas a los pies de su compañera, para imitar a los que le habían precedido.

Adelaida recibió aquella muestra de galantería con una franca carcajada, corriendo hacia su asiento, y los demás repitieron los ecos de su risa, al ver al joven que había quedado de rodillas en medio de la pieza.

Rafael siguió a Rivas al cuarto vecino. Éste parecía descontento con el papel que acababa de ver representar al hijo de su protector.

—Es un fatuo redomado —contestó San Luis a una observación que él hizo en este sentido—; y se figura, como nuestros ricos, en general, que su dinero le pone a cubierto del ridículo. Además, es tan grande el acatamiento que nuestra sociedad dispensa a los que cubren con oro su impertinencia, que bien puedo reírme de uno de ellos.

Rivas se separó de su amigo, que se había detenido junto a la mesa en que doña Bernarda jugaba al monte.

Una silla había al lado de Edelmira, y Martín se sentó en ella.

—Poca parte le he visto tomar en la diversión —le dijo la niña.


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