MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Soy poco amigo del ruido, señorita —contestó él:
—De manera que usted habrá estado descontento.
—No, pero veo que no tengo humor para estas diversiones.
—Tiene usted razón; yo que las he visto tanto, no he podido aún acostumbrarme a ellas.
—¿Por qué? —preguntó MartÃn, sintiendo picada su curiosidad por aquellas palabras—. Porque creo que nosotras perdemos en ellas nuestra dignidad y los jóvenes que, como usted y su amigo San Luis, vienen aquÃ, nos miran sólo como una entretención, y no como a personas dignas de ustedes.
—En esto creo que usted se equivoca, a lo menos por lo que a mà respecta, y ya que usted me habla con tanta franqueza, le diré que hace poco rato, mirándola a usted, creà adivinar en su semblante lo que usted acaba de decirme.
—¡Ah, lo notó usted!
—SÃ, y confieso que me agradó ese disgusto, y pensé, con sentimiento, que usted tal vez sufrÃa por su situación.