MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Ahora, muchachos —dijo—, vamos a cenar.
—¡A cenar —exclamaron algunos—, ése sà que es lujo!
—¿Y qué estaban pensando, pues? —replicó el hijo de doña Bernarda—; aquà se hacen las cosas en regla.
La bulliciosa gente invadió una pequeña pieza blanqueada, en la que se habÃa preparado una mesa. Cada cual buscó colocación al lado de la dama de su preferencia, y atrás de ellas quedaron de pie los que no encontraron asiento alrededor de la mesa.
—Hijitos —exclamó doña Bernarda—, aquà el que no tenga trinche se bota a pie y se rasca con sus uñas.
Esta advertencia preliminar fue celebrada con nuevos aplausos y dio la señal del ataque a las viandas, que todos emprendieron con denuedo.