MartĂn Rivas
MartĂn Rivas —Y si usted no le quiere —decĂa el oficial a Edelmira—, Âżpor quĂ© deja que le hable al oĂdo?
—¡Mi corazĂłn es todo a usted —decĂa en otro punto AgustĂn—, yo se lo doy todo entero!
La del arpa y Amador cantaban:
Me voy, pero voy contigo,
Te llevo en mi corazĂłn;
Si quieres otro lugar,
No permite otro el amor.
Y todos los que por ambas piezas vagaban con vaso en mano, repetĂan con descompasadas voces:
No permite otro el amor.
Y Rivas, entretanto, oĂa la Ăşltima palabra, que despertaba en su pecho la amarga melancolĂa de su aislamiento, haciĂ©ndole pensar que tal vez no verĂa nunca realizada la magnĂfica dicha que ella promete a los corazones jĂłvenes y puros. Hostigábale por eso el ruido y oprimĂa su pecho la facilidad con que los otros rendĂan sus corazones a un amor improvisado por los vapores del licor.
Mientras hacĂa estas reflexiones, Rafael llamaba a los concurrentes al patio y prendĂa allĂ voladores, que, al estallar por los aires, arrancaban frenĂ©ticos aplausos y vivas prolongados a doña Bernarda, dueña del Santo.
La voz de Amador llamĂł a los convidados al interior.