Martín Rivas

Martín Rivas

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Las frecuentes libaciones comenzaron por fin a desarrollar su maléfica influencia en el cerebro del oficial, que quiso probar su amor dando un beso a Edelmira, que lanzó un grito. A esta voz la dignidad maternal de doña Bernarda la hizo levantarse de su silla y lanzar al agresor una reprimenda en la que figuraba la abuela del oficial, que en este caso era tuerta, como bien puede pensarse. Amador quiso castigar también la osadía del temerario enamorado, pero sus piernas se negaron a conducirle, dejándole caer en tierra. Este suceso suspendió por un momento la alegría general; mas no el efecto de la mezcla de licores en el estómago de Agustín, quien fue llevado por otros como un herido en una batalla, al mismo tiempo que el oficial principió a dar voces de mando, cual si se encontrase al frente de su tropa. Otros, entretanto, a fuerza de beber, se habían enternecido y referían sus cuitas a las paredes con el rostro bañado en lágrimas, mientras que en algún rincón había grupos de jóvenes que se juraban, abrazándose, eterna amistad, y muchos otros que repetían hasta el cansancio a doña Bernarda que no debía enojarse porque besaban a Edelmira. Estos diversos cuadros, en los que cada personaje se movía a influjos del licor, y no de la voluntad, tenían todo el grotesco aspecto de esas pinturas favoritas de la escuela flamenca en las que el artista traslada al lienzo, sin rebozo, las consecuencias de lo que en los términos de la gente que describimos se llama borrachera. Anunciaban también esos cuadros la decadencia del picholeo con la inutilidad física de los actores, de los cuales la mayor parte recibían socorros de las bellas, para calmar sufrimientos capaces de destruir la más acendrada pasión.


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