Martín Rivas

Martín Rivas

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Los pocos que quedaban en pie, sin embargo, no daban por terminada la fiesta, y mantenían escondida la llave de la puerta de calle para no dejar salir a Rivas y a San Luis, que querían retirarse. Allí tuvo lugar, como escena final, una discusión de un cuarto de hora, en la que tomaron parte todas las personas que querían salir y los obstinados en prolongar la diversión. Por fin, los ruegos de doña Bernarda hicieron desistir de su propósito a los que guardaban la puerta, que dio paso a los concurrentes que habían quedado con fuerzas para trasladarse a sus habitaciones por sus propios pies.

Doña Bernarda y sus hijas volvieron al campo donde yacía por tierra el oficial y otro de los convidados, a los que se les cubrió con frazadas. El joven heredero de don Dámaso Encina dormía profundamente en la cama de Amador, adonde le habían llevado sin sentido.

Doña Bernarda se retiró con sus hijas a una pieza que servía a las tres de dormitorio. Apenas se hallaron en ella, apareció Amador, que, más aguerrido que los demás en esta clase de campañas, había recobrado un tanto sus sentidos.

—Vaya, hermana —dijo a Adelaida—, ya creo que el mocito está enamorado hasta las patas.

—¡Y esta otra tonta —dijo doña Bernarda, señalando a Edelmira— que se lleva haciendo la dengosa con el oficialito! Podía aprender de su hermana.


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