MartÃn Rivas
MartÃn Rivas »—No miré la procesión ni a las bellezas que habÃa en la plaza por verla a usted —dije poco después de hallarme a su lado.
»Este cumplido de mala ley no pareció disgustarla; mi introductor en la casa habÃa dicho que yo era rico y esto me rodeaba de una aureola que en todas partes fascina. En la noche, al acostarme, mis ojos buscaron el retrato de Matilde. Su frente pura y su mirada tranquila me hicieron avergonzarme del género de vida que querÃa adoptar; pero los celos tuvieron más imperio que aquella recriminación de la conciencia. Seguà visitando en casa de Adelaida y aparenté una alegrÃa loca en las diversiones para perder la memoria. Hay gentes que se niegan a creer que una pasión desgraciada pueda desesperar a un joven en pleno siglo XIX, sin pensar que el corazón de la humanidad no puede envejecerse. Yo he cargado con el sentimiento de mi desdicha en medio del bullicio de la orgÃa y he oÃdo la voz de Matilde en los juramentos de Adelaida, porque al cabo de un mes ella me amaba. Muchas veces quise retroceder ante la villanÃa de mi conducta; pero cedà a la fatal aberración que hace divisar la venganza de los engaños de una mujer en el sacrificio de otra.