MartÃn Rivas
MartÃn Rivas »Mi reputación de tunante principiaba a cimentarse, sin que hubiese perdido ni la virtud ni el punzante recuerdo de mis amores perdidos, cuando, paseándome una tarde de procesión del Señor de Mayo por la Plaza de Armas con uno de mis nuevos amigos, llamó mi atención un grupo de tres mujeres, de ese tipo especial que parece mostrarse con preferencia en las procesiones. Una de ellas entrada en años, jóvenes y bellas las otras dos. HabÃa en ellas ese no sé qué con que distingue un buen santiaguino a la gente de medio pelo.
»—Bonitas muchachas —dije al que me acompañaba.
»—¿No las conoces? —me preguntó él—. Son las Molinas, hijas de la vieja que está con ellas.
»—¿Tú las visitas? —le pregunté.
»—Cómo no, en casa de ellas hemos tenido magnÃficos picholeos —me respondió.
»Adelaida sobre todo llamó mi atención por la gracia particular de su belleza. Sus labios frescos y rosados me prometÃan de antemano el olvido de mis pesares. Sus ojos de mirar ardiente y decidido, sus negras y acentuadas cejas, el negro pelo que alcanzaba a ver fuera del mantón, su gallarda estatura, me ofrecieron una conquista digna de mis nuevos propósitos. Fiado en mi buena cara y en la osadÃa que juré desplegar en mi calidad de calavera, hÃceme presentar en la casa y hablé de amor a Adelaida desde la primera visita.