Martín Rivas

Martín Rivas

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—Por eso te decía que tu mal no es irreparable, puesto que no eres amado; todavía puedes olvidar.

—¡Olvidar cuando el amor principia no es fácil! —exclamó Rivas—; prefiero sufrir.

—Trata de amar a otra entonces.

—No podría. Además, mi pobreza me cierra las puertas de la sociedad, o a lo menos me enajena su consideración.

—Fue lo que me sucedió —dijo Rafael—. Después de un año de pesares renegué de mi virtud y quise hacerme libertino. La desesperación me arrojaba a los abismos del desenfreno, en cuyo fondo me figuraba encontrar el olvido. Emprendí la realización de este nuevo designio con esa amargura, que no carece de aliciente, del que se venga de la desgracia cometiendo alguna mala acción contra sí mismo. Parecíame que el sacrificio de alguna niña pobre no era nada comparado con las torturas que mi abandono me imponía. Desde entonces descuidé mis estudios, que había cursado con ejemplar aplicación, para casarme con Matilde al recibir mi título de abogado. En lugar de asistir a las clases, frecuenté los cafés y maté horas enteras tratando de aficionarme al billar. Allí contraje amistad con algunos jóvenes de esos que gritan a los sirvientes y hacen oír su voz cual si quisieran ocupar a todos de lo que dicen.


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