MartÃn Rivas
MartÃn Rivas »Hubo momentos en que quise leer, pero me fue imposible; el dolor me ahogaba, y mis ojos hacÃan vanos esfuerzos para hacerse cargo de las palabras del libro, porque en mi imaginación ardÃa un volcán. En dos horas sufrà un martirio imposible de describir. La respiración trabajosa de mi padre, en vez de inspirarme algún cuidado, me parecÃa la de don Dámaso, a quien castigaba por la noticia terrible con que tronchaba para siempre mi felicidad. Al fin, mi padre principió a toser con tal fuerza, que el dolor se suspendió de mi pecho para dar lugar al temor de la enfermedad. Al dÃa siguiente, el médico declaró que mi padre se hallaba atacado de una fuerte pulmonÃa. La violencia del mal era tan grande que en tres dÃas le arrebató la vida. Yo no me separé un momento de su lecho, velando con mi tÃa, que vino a vivir en la casa. En el dÃa nos acompañaba también otro hermano de mi padre, que entonces era pobre y se ha enriquecido después. ¡Mi pobre padre expiró en mis brazos bendiciéndome! ¡Ya ves que tuve necesidad de una fuerza sobrehumana para resistir a tanto dolor!
»Cuando después de un mes salà a pagar algunas visitas de pésame, supe que Matilde y Adriano debÃan casarse pronto. El mundo rosado se cambió en sombrÃo para mà desde entonces. ¿Sufrir lo que he sufrido, sin contar con la muerte de mi padre, no te parece demasiado?
—Es verdad —dijo MartÃn.