Martín Rivas
Martín Rivas »Mi bravata sobre la urbanidad resultó ser completamente falsa, porque, ciego de cólera, me arrojé sobre don Dámaso y le tomé de la garganta. Aquí debo advertirte que un amigo me había referido que este caballero, acosado por Adriano, el otro pretendiente de Matilde, para el pago de una gran cantidad, cuyo importe le perjudicaba cubrir, había obtenido un plazo, comprometiéndose a conseguir con su cuñado la mano de Matilde para su acreedor. Me había negado antes a creerlo, pero mis dudas a este respecto se desvanecieron cuando le vi encargado de arrojarme de casa de don Fidel, y la rabia me hizo olvidar toda moderación.
»Al ver enrojecerse el semblante de don Dámaso bajo la furiosa presión de mis dedos en su garganta y espantado por la sofocación de su voz, le solté arrojándole contra un sofá y salí desesperado de la casa.
»En la mía hallé a mi padre en cama tomando un sudorífico. Mi tía Clara, con la que vivo aquí, se hallaba a su lado, y sólo se despidió cuando le vio dormirse. Yo me senté a la cabecera de su cama y velé allí toda la noche.