MartÃn Rivas
MartÃn Rivas »Muy poco tiempo bastó para convencerme de que el único medio de hacer frente a la desgracia es la resignación, porque me vi luego más infeliz que antes. La vida impura de un seductor sin conciencia me hizo avergonzarme ante la mÃa, y los placeres ilÃcitos en que me habÃa lanzado, lejos de curarme de mi mal, me dieron la conciencia de mi bajeza, haciéndome considerar indigno del amor de Matilde, al que siempre aspiré después de perdida la esperanza. Hace pocos meses, mis obligaciones con la familia de esa muchacha se hicieron más serias, porque tenÃa un hijo. Desde entonces empleé todos mis recursos pecuniarios en mejorar la condición material de la familia de doña Bernarda y formé la resolución de cortar las relaciones con Adelaida. Ella recibió esta declaración con una frialdad admirable. Su corazón, al que siempre noté cierta dureza, pareció quedar impasible a lo que yo decÃa, y cuando concluà de hablar no me dio una sola queja.
»Desde ese dÃa me ha tratado como si jamás una palabra de amor hubiese mediado entre nosotros. ¿Me ama todavÃa o me odia? No lo sé.
»Ahora me preguntarás por qué te he llevado a esa casa y si no he pensado en que podÃa sucederte lo mismo que a mÃ.
—Es cierto —dijo MartÃn.