MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Tengo la experiencia adquirida a costa de muchos remordimientos —repuso San Luis—, y sólo he querido distraerte. Te veo lanzado en una vÃa funesta y deseo salvarte; por esto te ofrecà una distracción y te refiero al mismo tiempo lo que he hecho. Si hubiese visto en ti el carácter generalmente ligero de los jóvenes, me habrÃa guardado muy bien de llevarte a esa casa.
—Tienes razón y me has juzgado bien —contestó MartÃn—; para mÃ, ¡Leonor o nada! Yo no tengo derecho de quejarme, porque ella nada ha hecho para inspirarme amor. Pero hablemos del tuyo. ¿Qué dirÃas si yo te volviese el amor de Matilde? Rafael dio un salto sobre su silla.
—¿Tú? —le dijo—. ¿Y cómo?
—No sé; pero puede ser.
San Luis dejó caer la frente sobre los brazos, que apoyó en la mesa.
—Es imposible —murmuró—. Su novio ha muerto, es verdad, pero yo soy siempre pobre.
Levantóse después de decir estas palabras y empleó algunos momentos en preparar una cama sobre un sofá.
—Aquà puedes dormir, MartÃn —dijo—. Buenas noches.
Y se arrojó sin desnudarse sobre su cama.