MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Ciertas circunstancias los han separado.
—Ya veo que usted ha recibido confidencias.
—Es verdad.
—Y ahora se decide usted a ser comunicativo —dijo Leonor con acento de reproche—. Sólo ayer recibà esas confidencias —contestó MartÃn, que brillaba de alegrÃa al verse en tan familiar conversación con la que un dÃa antes le desesperaba.
—Por consiguiente —replicó Leonor—, usted puede ya contestarme.
—Creo que sÃ.
—Ya que usted parece enterado de todo, comprenderá que el objeto principal de mis preguntas era averiguar un solo punto: ¿su amigo ama todavÃa a Matilde?
—Con toda el alma.
—¿De veras?
—Lo creo firmemente. El entusiasmo con que me ha hablado de sus amores, la tristeza que el desengaño ha dejado en su alma y el desaliento con que mira el porvenir, me parecen confirmar mi opinión.
MartÃn habÃa dicho estas palabras con tanto calor como si abogase por su propia causa. Su tono arrancó a Leonor esta observación:
—Habla usted como si se tratase de su propio corazón.
—Creo en el amor, señorita —dijo Rivas con cierta melancolÃa.