MartÃn Rivas
MartÃn Rivas La niña vio un peligro en aquella respuesta y tuvo instintivamente deseos de callar; pero su orgullo le hizo avergonzarse de ese temor y le sugirió una pregunta que no habrÃa dirigido a ningún hombre en circunstancias ordinarias.
—¿Está usted enamorado?
MartÃn no pudo ocultar la sorpresa que semejante pregunta le causaba, ni tampoco el deseo irresistible que le arrastró a manifestar a Leonor que en el pecho de un pobre y oscuro joven de provincia podÃa alentar un corazón digno del de los elegantes que siempre la habÃan rodeado.
—Una persona en mi posición —dijo— no tiene derecho de estarlo; pero sà puede creer en el amor como en una esperanza que le dé fuerza para la lucha a que la suerte le destina.
—Veo que el desencanto que usted dice sufre su amigo le ha contagiado a usted también.
—No, señorita; pero la especie de admiración con que usted me dirigió su pregunta me ha hecho volver en mÃ; principio a creer, por lo poco que conozco Santiago, que aquà se considera el amor como un pasatiempo de lujo, y mal puede gastarlo aquél para quien el tiempo es de un inmenso valor.
—Pero dicen —replicó Leonor— que nadie puede imponer leyes al corazón.