MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —En este punto tengo poca experiencia —contestó MartÃn.
—¿De dónde nace entonces la fe que usted acaba de manifestar? Usted dice que cree en el amor.
—Mi fe se funda en mi propio corazón; hay algo que me dice con frecuencia que no está formado para latir únicamente por el curso regular de la sangre; que la vida tiene un lado menos material que las especulaciones con que todos buscan el dinero; que en los paseos, en el teatro, en las tertulias, el alma de un joven va buscando otro placer que el de mirar, que el de oÃr o que el de conversaciones más o menos insÃpidas.
—Y ese placer, ese algo desconocido, lo llama usted amor. ¿No es as�
—Y creo que el que desconoce su existencia —replicó MartÃn con cierto orgullo—, o ha nacido con una organización incompleta, o es más feliz que los demás.
—¡Más feliz! ¿Por qué?
—Tendrá menos que sufrir, señorita.
—Es decir, que el amor es una desgracia.
—Cada cual puede considerarlo según su posición en la vida; a mÃ, por ejemplo, creo que me toca considerarlo como tal.