Martín Rivas

Martín Rivas

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—Luego usted está enamorado, puesto que tiene ideas tan fijas en esta materia. Estas palabras resonaron con un tono burlón que hizo encenderse las mejillas de Rivas. Su carácter impetuoso le hizo olvidar el temor que le sobrecogía al lado de la niña.

—Supongo —dijo— que este punto no le interesa a usted tan vivamente que desee una contestación sincera de mi parte; pero no tengo dificultad para dársela; y puesto que me toca considerar el amor como una desgracia, estoy resuelto a sobreponerme a su influjo.

—Es decir, que usted se considera superior a los demás.

—Seré egoísta y nada más; no creo que haya gran mérito en seguir el camino que se juzgue más ventajoso.

Leonor, que esperaba dominar a su antojo, se veía contrariada por la aparente humildad con que Rivas manifestaba una energía que ella se propuso vencer. Apeló entonces a su altanera mirada y al tono imperativo que empleaba generalmente con los hombres.

—Usted se ha separado mucho del objeto de esta conversación —dijo, acentuando estas duras palabras para manifestar su desagrado.


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