MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Si usted tiene algo más que preguntarme —contestó MartÃn, aparentando no haberse fijado en la intención de las palabras de Leonor—, estoy pronto, señorita, a satisfacer su curiosidad o a retirarme también si usted lo ordena.
—Hablábamos de su amigo —repuso Leonor con tono seco.
—Rafael ama y es desgraciado, señorita.
—PodÃa usted enseñarle su filosofÃa de resignación.
—Es que él mismo me ha enseñado que cuando deben sobrevenir desengaños es más prudente no buscar correspondencia.
—Usted cuenta siempre con los desengaños.
—Ésa es una prueba de que no me creo superior, como usted suponÃa, y manifiesto que tengo bastante modestia para calificar mi valimiento.
—Hay modestias que se parecen mucho al orgullo, caballero —dijo Leonor—; y en tal caso, la suya probarÃa todo lo contrario de lo que usted dice. No sea que entre sus lecciones su amigo haya olvidado decirle que el orgullo debe buscar un punto de apoyo para poder manifestarse.