Martín Rivas
Martín Rivas No esperó la contestación del joven y abandonó su asiento sin mirarle. Por la primera vez en su vida, se sentía Leonor humillada en una lucha que ella misma había provocado. En lugar de los rendidos y banales galanteos de los elegantes con quienes había jugado hasta entonces esta clase de juego de vanidad, hallaba la orgullosa sumisión de un hombre oscuro y pobre que no quería doblar la rodilla ante la majestad de su amor propio y le confesaba sin afectación ninguna que no aspiraba a tener la dicha de agradarla. Aquella conversación le hacía pensar en que se había equivocado suponiendo que Rivas la amaba, por la alegría que creyó ver en su semblante cuando le dijo que no tenía interés por Rafael San Luis. Y este desengaño, que burlaba su creencia en el supremo poder de su belleza, irritó su vanidad, que contaba ya con un nuevo esclavo atado al carro de sus numerosos triunfos. Al abandonar su asiento, no pensaba en entretenerse a costa de Martín, ensayando el poder de su voluntad en la lid amorosa, sino que se prometía vengar su desengaño inspirando un amor violento al que se jactaba de tener suficiente fuerza para huir del dominio de la pasión.