Martín Rivas

Martín Rivas

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Martín, al mismo tiempo, quedaba entregado a la tristeza que cada una de sus conversaciones con Leonor dejaba en su alma. Persuadíase cada vez más que era el juguete de aquella niña, que, para distraerse algunos momentos, se entretenía en burlarse del amor que él había dejado confesar a sus ojos en su primera conversación. Apenas la vio alejarse recorrió en la memoria cuanto había hablado, y maldijo su torpeza, que había dejado pasar varias oportunidades de hacer ver a la niña que tenía un corazón capaz de comprenderla y una inteligencia que ella no podría despreciar. Las últimas palabras de Leonor le dejaron aterrado, y decían bien claro que a sus ojos ni el corazón ni la inteligencia podían tener valor ninguno si no iban acompañados por la riqueza o un distinguido nacimiento.

Esta reflexión desconsoladora le hizo retirarse desesperado, pidiendo al cielo, como le piden todos los amantes infelices, el poder sobrenatural, no de olvidar, sino de infundir en el pecho de la mujer amada una de esas pasiones que las arrastran a someterse a la voluntad del hombre.

De este modo, Leonor y Martín hacían votos con idéntico objeto: ella confiando en su hermosura; él, sin esperanza, pidiendo al cielo lo que le parecía imposible.

No bien Leonor se había levantado, despidióse doña Francisca con Matilde y su marido.


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