Martín Rivas

Martín Rivas

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—Bueno, la escribiré.

Llamaron a comer. Rafael contó a su tía, antes de entrar al comedor, la noticia que Martín le había traído y comunicó su alegría a la señora. En la mesa, San Luis despidió al criado y dijo a su tía:

—Es preciso que usted hable con mi tío Pedro y le refiera lo que sucede. ¡Ah, yo tuve una inspiración feliz cuando le pedí algunos días para reflexionar sobre el negocio que me propuso!

—¿Y qué le diré sobre esto? —preguntó doña Clara.

—Le dirá que éste es un medio excelente de obtener el consentimiento de don Fidel: yo le cedo el arriendo del Roble, si mi tío me quiere hacer este servicio, y con esto nos reconciliamos. Si él lo exige para darme la mano de Matilde, estudiaré hasta recibirme de abogado, o si lo prefiere, trabajaré en el campo con el apoyo de mi tío. Usted, por supuesto, sabrá convencerle; mi tío nos quiere y es generoso. Yo no dudo de que él me haga este servicio.

Después de comer, Martín se despidió de la señora y de Rafael y llegó a casa de don Dámaso cuando la familia de éste salía del comedor. Al subir la escala que conducía a su habitación, oyó el sonido del piano que Leonor tocaba ordinariamente a su padre a esta hora.


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