MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Vamos, ten buen ánimo; Leonor tal vez te amará algún dÃa. El interés que demuestra por su prima prueba que tiene un corazón noble y podrá comprenderte. Esto me reconcilia con ella y hasta con su padre, a quien perdono el mal que me ha hecho.
MartÃn tomó su sombrero para despedirse.
—No te vayas —le dijo San Luis—. Acompáñame a comer, comeremos con mi tÃa. Ella se alegrará tanto como yo de lo que sucede. Además, tengo necesidad de hablar aún contigo; las últimas palabras que dijo Leonor me hacen pensar ahora, porque es preciso que yo vea a Matilde, que hable con ella. ¿Me dices que Leonor te contestó…?
—Que a ti te interesaba averiguar la verdad.
—¡Ya lo ves! Debo buscar un medio para ver a Matilde. A ver, tú eres ingenioso, ¿qué harÃas en mi lugar?
—Le escribirÃa; esto me parece muy natural.
—Las cartas me fastidian; yo quiero oÃr su voz, quiero decirle que la amo más que nunca. Vamos, piensa en algo mejor que eso. Las cartas de amor o son frÃas o son ridÃculas por afectación. Además, una carta suya me bastarÃa por una vez; pero es preciso que yo la vea.
—En una carta puedes pedirle una entrevista.
—Pero ¿en dónde?
—Ella tal vez resuelva ese problema.