MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Mira, MartÃn —le dijo—, no te chancees con lo que para mà hay de más serio en la vida. Me sometes en este momento a una horrible tortura, porque, sin creerte lo que con tan poca ceremonia me dices, me figuro no obstante que hay algo de cierto en ello.
—Es muy verdadero —replicó Rivas—; respeto demasiado tu dolor para engañarte; óyeme.
Refirió entonces a San Luis sus distintas conversaciones con Leonor, y terminó por la que acababa de tener lugar.
Rafael le estrechó entre sus brazos con una alegrÃa imposible de describirse.
—Me traes más que la felicidad —le dijo—, me traes la vida.
Principió a pasearse por la pieza, hablando de sus recuerdos y de sus esperanzas con una verbosidad increÃble. Al cabo de un cuarto de hora, MartÃn conocÃa con sus pormenores todas las escenas de aquel amor puro y ardiente que habÃa llenado la vida de su amigo, y envidiaba su felicidad.
—Me olvidaba de ti, mi buen MartÃn —le dijo Rafael, sentándose a su lado—; ¿y tus amores?
—No tienen historia —contestó Rivas—; su pasado, su presente y su porvenir no encierran más que desconsuelo. Es una locura de la que debo curarme como me has aconsejado varias veces. Ya lo ves, ella me considera bueno para darte a conocer tu felicidad.