MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Una palabra, señorita —dijo MartÃn—; Rafael se ha creÃdo engañado; ¿creerá ahora lo que voy a decirle?
—No sé, y me parece que si le interesa, él puede buscar los medios de averiguar la verdad.
Leonor salió tras estas palabras, y Rivas dejó caer su frente entre las manos, que apoyó sobre la mesa que tenÃa delante.
«Está visto —se dijo con amargo desconsuelo—, me considera un poco más que a un criado; pero mucho menos que los jóvenes que la visitan».
La amargura de aquella reflexión nacÃa del imperioso acento con que Leonor acababa de hablarle y de la profunda tranquilidad que ella manifestaba en presencia de su turbación.
Continuó Rivas preocupado con estas ideas, hasta que dio fin a su trabajo de aquel dÃa y se retiró a su cuarto. De allà salió pocos momentos después en dirección a la casa de San Luis.
—Nunca podrás —dijo a Rafael, que le recibió con cariño— darme en tu vida una noticia como la que te traigo.
—¡Una noticia! —exclamó Rafael con un presentimiento vago de la realidad—; habla, ¿qué hay?
—Matilde te ama.
Rafael miró a su amigo con tristeza.