MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Estoy a sus órdenes, señorita —respondió MartÃn, con el acento de orgullosa modestia que habÃa llamado antes la atención de la niña.
—Se trata de su amigo San Luis, de cuyas confidencias me habló usted anoche. Él nombró a usted, por supuesto, la persona que ama.
—Es la señorita Matilde ElÃas, prima de usted.
—Rafael, según me dijo usted, la ama todavÃa.
—Es verdad.
—¿Cree usted que se alegrarÃa de saber que Matilde le ha correspondido siempre? —Creo que esta noticia le volverÃa la felicidad, señorita.
—Pues bien, usted puede decÃrselo; una nueva como ésta se recibe de un amigo con doble alegrÃa, según me parece.
—Tendré un placer infinito en dársela —dijo MartÃn.
La sinceridad con que el joven pronunció aquellas palabras hizo conocer a Leonor que Rivas poseÃa un corazón capaz de abrigar una amistad verdadera. Esta observación templó un tanto el encono con que creÃa deber mirarle desde la noche anterior.
Parece que de vuelta a su casa Leonor habÃa cambiado un tanto acerca del plan combinado con su prima, porque hizo ademán de retirarse.