Martín Rivas
Martín Rivas El coche de don Dámaso, entretanto, llevó a Leonor con gran velocidad a su casa a pesar del malísimo empedrado de nuestras calles, que sólo ahora ha llamado la atención de la autoridad local.
Leonor atravesó con paso ligero el patio de su casa y llegó a la puerta del cuarto escritorio de su padre.
En el tránsito de casa de don Fidel a la suya había pensado ya el modo de desempeñar su comisión cerca de Martín. Su carácter le aconsejó una entera franqueza en este asunto. Así fue que, después de asegurarse de que Rivas estaba solo, entró en la pieza y se aproximó al escritorio en que aquél trabajaba.
Al verla, Martín se puso de pie. Su corazón latió con violencia y el color desapareció instantáneamente de sus mejillas.
—Siéntese usted —le dijo Leonor con cierto tono de superioridad.
—Permítame, señorita, permanecer de pie —contestó el joven, viendo que Leonor apoyaba una mano sobre la mesa y se quedaba inmóvil.
—Vengo con el mismo objeto de que antes le he hablado —repuso Leonor, acentuando estas palabras, cual si quisiese evitar a Rivas cualquiera otra explicación de aquel paso.