MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Porque siempre estás pensando en libros y en zonceras; mientras que yo sólo me ocupo del bienestar de la familia.
—Pero ¿cómo quieres que me ocupe por mi parte, cuando crees que nadie puede hacer las cosas como tú?
—Y ésa es la verdad; el hombre ha nacido para dirigir los negocios; pero como yo no tengo tiempo para todo, es preciso que tú trabajes por ese lado. AgustÃn es un buen partido que no debemos dejar escaparse y yo hablaré con Dámaso sobre este negocio, puesto que yo debo hacerlo todo en esta casa.
Doña Francisca abrió el libro y aparentó estar leyendo. Don Fidel tomó su sombrero y salió persuadido de que sólo él era capaz de dirigir de frente varios negocios a un tiempo, porque él calificaba entre los negocios, como la generalidad de los padres, el establecimiento de una hija.
Doña Francisca le vio salir sin extrañarse, porque se hallaba acostumbrada a terminar de este modo sus conversaciones con su marido.
Volvió después a «El Sueño de Adán», deplorando la falta de poesÃa del hombre con quien se hallaba unida por lazos indisolubles, y esta idea la hizo suspender la lectura para tornar su memoria a Jorge Sand, con quien se comparaba por su aversión a la coyunda matrimonial.