Martín Rivas

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—Esperemos, pues —contestó ella, deseosa de continuar su lectura.

—Bueno es decirlo —replicó don Fidel—, pero entretanto a mí me interesa mucho el saber una contestación definitiva, porque, si pierdo la hacienda, me puedo arruinar. —Entonces, busquemos algunos empeños para don Pedro.

—Ya había pensado en ello; pero lo peor es esta maldita política, que me ha privado de su amistad cuando más la necesito.

—Ah, entonces te convences de que yo tengo razón —dijo animándose doña Francisca, al ver una oportunidad de desquitarse de las humillaciones a que su marido la condenaba en sociedad.

—Yo sé muy bien lo que hago y no soy niño para que me anden dando consejos —repuso con voz agria don Fidel—. Pero dejemos la hacienda para hablar de otra cosa. ¿Te parece que Agustín se decidirá por Matilde?

—No sé, quién sabe…

—Para contestar eso no se necesita mucha penetración —dijo impaciente don Fidel—. Yo te pregunto, porque un hombre ocupado como yo no tiene tiempo de andarse fijando en esas cosas que son buenas para las mujeres.

—Nada he visto que me haga pensar de otro modo —respondió doña Francisca, tomando con impaciencia el libro que acababa de dejar sobre una mesa.


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