Martín Rivas

Martín Rivas

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Pero el amor lleva el sello de la humanidad que le rinde su culto: tiene que desarrollarse y progresar. Las miradas que bastaron para alimentar lo que Stendhal llama «admiración simple» no alcanzan a satisfacer las exigencias del corazón, que llega pronto a lo que el mismo autor distingue con el nombre de «admiración tierna». Es preciso entonces oír la voz de la mujer querida y confiarle también las dulces cuitas del alma enamorada. Más la conversación es general o fría en la tertulia, y no es fácil dirigir en privado la palabra a una de las niñas.

Entonces busca un amigo.

Éste puede entretener a la mamá con una charla más o menos insípida, o a las hermanas, que siempre tienen el oído más listo que la madre.

Y el enamorado puede entonces desarrollar a mansalva su elocuencia de frases cortadas y de suspensivos.

En este sentido pensó Agustín que Rivas podría servirle mucho en casa de doña Bernarda, en la que la vigilancia de la madre era tanto mayor, a pesar de su afición al juego, cuanto era también mayor el peligro de la situación, siendo el galán de su hija un mozo de familia acaudalada.

Agustín entró en el cuarto de Rivas entonando el estribillo de una canción francesa. —¿Usted no ha vuelto a rendir visita a las Molina?— dijo a Martín, ofreciéndole un hermoso cigarro puro.


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