MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —No, no he vuelto —contestó MartÃn.
—¿Que no piensa usted returnar a la casa?
—Nada habÃa pensado sobre esto.
—Son excelentes muchachas.
—Asà me han parecido.
—Yo pienso ir esta noche a verlas. ¿Quiere usted acompañarme?
—Con mucho gusto.
—¿Qué le ha parecido Adelaida?
—Bastante bien, pero no tanto como a usted —dijo MartÃn sonriéndose.
—¿Le han dicho a usted que estoy enamorado de ella? —preguntó AgustÃn.
—Lo he conocido a primera vista.
—Pues, hombre, es la verdad; no hay ninguna niña de nuestros salones que me guste tanto como Adelaida.
—Malo —dijo Rivas.
—¿Por qué?
—Porque ese amor puede convertirse en pasión y hacerle cometer alguna locura. —¿Qué llama usted locura? En ParÃs todos tienen esta clase de amores.
—Llamo locura, por ejemplo, que usted llegase a querer casarse con ella.
—¡Bah, querido, usted no conoce el mundo! Todas estas chicas saben que un joven como yo no se casa con ellas.