MartÃn Rivas
MartÃn Rivas MartÃn hizo todas las reflexiones morales que le vinieron a la imaginación para combatir los principios parisienses del elegante, quien se contentó con decirle que no conocÃa el mundo.
—Lo que hay de cierto es que yo la amo —dijo AgustÃn para terminar la amonestación de Rivas—, y que solo o acompañado por usted seguiré visitándola. Sentiré, sÃ, que usted no me acompañe.
—Si usted quiere le acompañaré —respondió MartÃn.
Rivas dio esta respuesta recordando la pintura que San Luis le habÃa hecho del carácter de Adelaida y de sus aspiraciones a casarse con algún hombre rico.
—Eso es, hombre —exclamó AgustÃn, contento de la respuesta—; es preciso ser complaciente con los amigos. Además, es necesario divertirse en algo, porque esta vida de Santiago es tan insÃpida. Conque ¿es convenido? Me voy a vestir y le encuentro a usted listo dentro de media hora.
—Bueno, estaré pronto —contestó MartÃn, pensando también que él tenÃa necesidad de distraer de algún modo su tristeza.
MartÃn hizo la siguiente reflexión después de la salida del hijo de don Dámaso: