MartÃn Rivas
MartÃn Rivas El documento fue otorgado por dos mil pesos. AgustÃn lo habrÃa firmado por cuatro, porque en aquel instante recibÃa de Adelaida una mirada de amorosa admiración.
Al salir de casa de doña Bernarda, el joven Encina, entusiasmado con su conquista y con los vapores de la mistela, contaba, en su jerga peculiar, a MartÃn, la manera irresistible que habÃa empleado para reducir el corazón de Adelaida.
Después de la salida de las visitas, quedaron en la pieza, al lado de la mesa de juego, doña Bernarda, Adelaida y Amador.
Edelmira se retiró después de oÃr de boca de su madre algunas amonestaciones sobre la necesidad en que está toda muchacha de buscarse un buen marido.
Cuando Amador se vio solo con su madre y su hermana mayor, cerró la puerta por la cual acababa de pasar Edelmira.
—¿Qué hubo? —preguntó después de esto, dirigiéndose a Adelaida.
—Para mañana en la noche —contestó ella.
—¡Ah, ah! —exclamó doña Bernarda—, ¿el francés de agua dulce pidió la cita?
—No es la primera vez —dijo Adelaida.
—Estos ricos —repuso Amador— quieren andar engañando muchachas; éste lo pagará caro.