MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Sin duda el hijo de doña Bernarda conocÃa alguno de los métodos con que cierta clase de jugadores se apoderan del dinero de los demás, con más cortesÃa pero no más honradez que los salteadores de camino; porque parecÃa haber avasallado a la fortuna ganando cada vez cantidades que al cabo de un cuarto de hora habÃan agotado el dinero de AgustÃn.
—Juego sobre mi palabra —exclamó éste, apurando una copita de mistela, cuando se encontró sin plata.
—Como usted guste —contestó Amador—, pero yo abandonarÃa el partido en su lugar. —¿Por qué?— preguntó el joven Encina.
—Porque está de mala suerte.
—Yo la compondré —contestó con orgullo el elegante, que miraba con desprecio a tan pobres adversarios.
Amador y otros de los que rodeaban la mesa cambiaron una mirada significativa. —¿Cuánto apuesta?— preguntó el hijo de doña Bernarda, sacando dos cartas.
—Seis onzas al siete de oros —dijo AgustÃn.
Al cabo de una hora habÃa perdido mil pesos, que en media hora más se doblaron. MartÃn intervino entonces, y puso término al juego.
—Traiga usted papel y le firmaré un documento —dijo AgustÃn a Amador.