Martín Rivas
Martín Rivas Su primer cuidado fue el de enviar a su tía para enterar a don Pedro de sus nuevos proyectos sobre la hacienda del Roble, con cuyo arriendo esperaba vencer las dificultades que le separaban de Matilde, ganándose la voluntad de don Fidel Elías. Cuando se vio en su cuarto, rodeado de sus muebles, testigos de su constante dolor, cubrió de besos el retrato que guardaba de su querida y volvió la memoria hacia los pasados tiempos de su dicha, no sin una triste impresión al recordar las acciones de su vida desde que la suerte le había separado de Matilde. El remordimiento de haber sacrificado el honor de Adelaida Molina al consuelo de sus penas habló entonces más alto en su conciencia que en los días anteriores. La felicidad le volvió hacia la virtud así como la desesperación le hiciera quebrantar sus leyes. Sintió con vergüenza que no iría puro, como antes, a jurar amor a los pies de la que inmaculados le guardaba su corazón y su fe. Aquélla fue la primera idea que vino a enturbiar la onda cristalina de su alegría y también la que le sacó de la contemplación en que se hallaba sumergido, para hacerle sentir la necesidad de mayores emociones que le distrajesen de su enojoso recuerdo.