Martín Rivas

Martín Rivas

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Ver a Matilde y oír de su boca las tiernas protestas de su amor santamente conservado fue lo que al momento ocupó su imaginación. Recordó con esto que la última frase de Leonor, que Rivas le había transmitido, le abría el camino para buscar los medios de llegar hasta Matilde. Sentóse a su mesa y principió a escribir con un ardor febril. Al cabo de una hora había roto dos cartas y escribía la siguiente, que fue la única que satisfizo su impaciencia:

«Un amigo me acaba de decir que usted me ama todavía. No puedo pintarle la felicidad que esta noticia me trae de repente; sería preciso que usted me oyese, porque una carta no bastaría para contener la historia de los pesares que la nueva esperanza desvanece. Si es verdad que usted me conserva ese amor, que ha sido hasta hoy mi única dicha y mi único pensamiento querido, déjeme oírlo de su voz. Esta súplica se la haría de rodillas si usted pudiese verme, porque si usted la

desoye, creeré que me han engañado, y volver ahora a mi largo desconsuelo sería horrible para mí».




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