Martín Rivas

Martín Rivas

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A las ocho de la mañana del siguiente día, Leonor salía de una iglesia envuelta en su mantón y acompañada por una sirviente.

De la iglesia se dirigió a casa de su prima, que la recibió en la misma pieza en que habían estado el día anterior.

—¿Estás realmente enferma, como anoche me dijeron? —preguntó a Matilde, en cuyo rostro se veía la palidez que deja ordinariamente una noche de insomnio.

—Mira esta carta —fue la contestación de Matilde, que puso en manos de su prima la que Rafael le había dirigido.

—¿Y tu mamá? —preguntó Leonor, sentándose y sin mirar la carta.

—Está durmiendo.

Leonor echó hacia atrás el mantón que cubría su frente y empezó a leer. Después de terminar, alzó los ojos sobre su prima. Ésta permanecía de pie, frente a ella, y en la actitud de un culpable delante del juez.

—No habrás comprendido —le dijo Leonor— cómo San Luis te pide una entrevista después de nuestra conversación de ayer.

Matilde, en su turbación, no se había fijado en aquella circunstancia, y sólo entonces recordó que en su convenio con Leonor habían resuelto citar a Rafael para ese día.


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