Martín Rivas

Martín Rivas

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A las cuatro de la tarde de ese mismo día, el primogénito de don Dámaso golpeaba a una puerta de las piezas de Leonor. El joven iba vestido con una levita azul abrochada sobre un pantalón claro que caía sobre un par de botas de charol, en cuyos tacos se veían dos espuelitas doradas. En su mano izquierda tenía una huasca con puño de marfil y en la derecha un enorme cigarro habano consumido a medias.

Golpeó, como dijimos, a la puerta, y oyó la voz de su hermana que preguntaba:

—¿Quién es?

—¿Puedo entrar? —preguntó Agustín entreabriendo la puerta.

No esperó la contestación y entró en la pieza con aire de elegancia suma.

Leonor se peinaba delante de un espejo, y volvió su rostro con una sonrisa hacia su hermano.

—¡Ah —exclamó—, ya vienes con tu cigarro!

—No me obligues a botarlo, hermanita —dijo el elegante—, es un imperial de a doscientos pesos el mil.

—Podías haberlo concluido antes de venir a verme.

—Así lo quise hacer, y me fui a conversar con mamá; pero ésta me despidió, so protesto de que el humo la sofocaba.

—¿Has andado a caballo? —preguntó Leonor.


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