Martín Rivas
Martín Rivas Ocho días después de la muerte de don José, la separación de Martín renovó el dolor de la familia, y en la que el llanto resignado había sucedido a la desesperación, Martín tomó pasaje en la cubierta del vapor y llegó a Valparaíso, animado del deseo del estudio. Nada de lo que vio en aquel puerto ni en la capital llamó su atención. Sólo pensó en su madre y en su hermana, y le parecía oír en el aire las últimas y sencillas palabras de su padre. De altivo carácter y concentrada imaginación, Martín había vivido hasta entonces, aislado por su pobreza y separado de su familia, en casa de un viejo tío que residía en Coquimbo, donde el joven había hecho sus estudios mediante la protección de aquel pariente. Los únicos días de felicidad eran los que las vacaciones le permitían pasar al lado de su familia. En ese aislamiento, todos sus afectos se habían concentrado en ésta, y al llegar a Santiago juró regresar de abogado a Copiapó y cambiar la suerte de los que cifraban en él sus esperanzas.
—Dios premiará mi constancia y mi trabajo —decía, repitiéndose las palabras llenas de fe con que su padre se había despedido.
Con tales ideas arreglaba Martín su modesto equipaje en las piezas de los altos de la hermosa casa de don Dámaso Encina.