Martín Rivas
Martín Rivas Muy distante se hallaba Leonor de figurarse que en ese momento dos ojos dirigían sobre ella una mirada ardiente al través de la vidriera de la puerta que comunicaba la antesala con el escritorio de su padre. Aquellos ojos eran los de Martín, que, habiendo oído cerrar la puerta por la cual Leonor acababa de pasar, se había puesto en observación, como muchas veces lo hacía, para ver a la niña, que a esa hora estudiaba diariamente el piano.
Tanta belleza y elegancia hacían latir el corazón del enamorado mozo con desesperada violencia. Con la avidez de todo amante, quiso Rivas contemplar de más cerca a su ídolo e imaginó al momento un pretexto para acercarse. Sentía una extraña fascinación que le arrastraba en su amor a despreciar la altivez con que era tratado; era el efecto de la misteriosa fuerza que impulsa a todo infeliz a ponderarse sus pesares, a todo criminal a seguir en la obscura senda a que un primer delito le arroja. Martín deseaba complacerse en su propia desgracia, sentir la opresión de su pecho ante la mirada altanera de Leonor, comparar cerca de ella la miseria de su destino con la opulenta riqueza y hermosura de la niña. Estas sensaciones le hicieron abrir la puerta con un ardor febril, sin explicarse lo que hacía y cegado ya por la desesperación sobre su suerte que la vista de Leonor le infundía.