MartÃn Rivas
MartÃn Rivas La niña volvió precipitadamente la cabeza hacia el punto en que se abrÃa la puerta y vio aparecer a MartÃn, pálido y turbado delante de ella.
Al momento vinieron a la memoria de Leonor sus propósitos de la vÃspera, y recibió el saludo del joven con frÃa mirada y orgulloso ademán.
Ante aquel saludo conoció Rivas lo aventurado y temerario de lo que hacÃa.
—Señorita —dijo con voz tÃmida—, me he tomado la libertad de presentarme para decir a usted que ayer cumplà el encargo que usted se sirvió hacerme.
—Yo esperaba haber recibido anoche esa respuesta —contestó Leonor sentándose. MartÃn tomó el tirador de la puerta en señal de retirarse.
—Mi hermano me hizo esta mañana ciertas confidencias —dijo Leonor, sin dar tiempo a Rivas de hacer lo que intentaba—, que me han explicado por qué no sucedió lo que yo esperaba.
La palidez de MartÃn desapareció bajo un vivo encarnado al oÃr aquellas palabras, porque se figuró que AgustÃn hubiese hablado de la casa de doña Bernarda.
—No creÃ, señorita —contestó—, que usted aguardase con tanta impaciencia la respuesta.
—De modo que usted ha vuelto la felicidad a su amigo —dijo Leonor—, sin aceptar por ninguna señal exterior la disculpa del joven.