MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Gracias a usted, señorita —repuso MartÃn inclinándose.
—Éste será un mal ejemplo para usted —replicó con una imperceptible sonrisa de malicia.
—No veo por qué, señorita.
—Porque la felicidad de su amigo puede influir contra los heroicos propósitos que usted me manifestó la otra noche.
—Rafael ocupa una posición muy distinta de la mÃa —dijo Rivas con un acento tan naturalmente melancólico que Leonor fijó en él una profunda mirada.
—¿Porque está seguro de ser amado? —preguntó.
—Precisamente.
—¿Y usted?
—Yo… no pretendo serlo —contestó MartÃn con verdadera modestia.
—Es usted muy desconfiado —replicó Leonor, con la sonrisa que un momento antes se habÃa dibujado en sus labios.
—Creo que mi desconfianza podrá servirme de escudo contra mayor desgracia que la de no ser nunca amado.
—¿Mayor desgracia? ¿Cuál, por ejemplo?
—La de amar sin esperanza.