MartÃn Rivas
MartÃn Rivas MartÃn pronunció estas palabras con voz tan Ãntimamente conmovida que Leonor, a pesar de su imperio sobre sà misma, se puso encarnada y bajó la vista al encontrarse con la ardiente mirada del joven.
Su invencible orgullo la hizo al momento avergonzarse de su involuntaria emoción. En el instante de bajar la vista oyó la voz de su amor propio escarnecerla por su debilidad. De modo que apenas sus dilatados párpados habÃan cubierto las pupilas, alzáronse de nuevo dejando ver la arrogante mirada del orgullo ofendido.
—No debe usted arredrarse ante esa desgracia —dijo—; pocos son los hombres que no encuentran alguna vez siquiera quien los ame. Por lo que me dijo AgustÃn, usted está en camino de encontrarse pronto a cubierto de lo que tanto parece temer. Levantóse al decir esto de su asiento con la majestad de una reina, y arrojó al joven, mirándole con aire de burla, que en nada disminuÃa su dignidad, estas palabras:
—Una de las niñas que ustedes visitaron anoche, dice AgustÃn que manifiesta afición por usted; ya ve que puede tener más confianza en su estrella.
Y salió de la pieza llamando a una criada y dejando a Rivas sin movimiento en el punto donde habÃa permanecido de pie durante toda la conversación.
Muy luego oyó la voz de Leonor que decÃa:
—Di a AgustÃn que le estoy esperando hace más de una hora.