MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Leonor pensó entonces, más sin formular con precisión tal pensamiento, que en aquellas palabras de un verdadero sentimentalismo, en la elocuente mirada de los ojos negros de MartÃn, en la Ãntima emoción que acusaba su voz, habÃa mil veces más atractivos que en los estudiados cumplimientos de los elegantes jóvenes que cada noche le repetÃan sus hostigosos cumplidos. Aquella ligera entrevista dejaba en su ánimo una profunda y desconocida emoción, una tristeza indefinible que borraba de su memoria la imagen del pobre provinciano, tÃmido y mal vestido, para ceder su lugar al joven modesto y sentimental, que en pocas palabras dejaba entrever un corazón capaz de grandes sensaciones.
La llegada de AgustÃn vino a cortar aquellas reflexiones, sin forma fija, en que vagaba complacida la mente de Leonor.
El elegante habÃa apurado la combinación de la corbata con el chaleco y pantalones a la más perfecta armonÃa de los colores; el cutis lustroso de su cara atestiguaba el paso de la navaja sobre una barba naciente, y su pelo despedÃa el perfume de la más rica pomada de jazmÃn de Portugal que fabrica la Sociedad Higiénica de ParÃs. —¿Te he hecho esperar, mi toda bella?— preguntó a Leonor, ostentando con arte la gracia de su pantalón cortado por Dussotoy en la capital de la elegancia.
—Algo —contestó Leonor levantándose.