Martín Rivas

Martín Rivas

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Salieron de la casa y llegaron poco después a la de don Fidel, donde los esperaba Matilde.

Ésta había dado también un cuidado prolijo a su traje, que bien podía rivalizar en gracia con el de su prima. La resolución un poco violenta de que se había armado añadía cierta gracia a su belleza, modesta hasta la timidez, y sus ojos estaban animados por una viveza que aumentaba su brillo y su hermosura.

Pusiéronse en camino, aparentando una alegría que sólo Agustín tenía en realidad, porque Leonor y sobre todo Matilde no podían ocultar la turbación que de ellas se apoderaba al aproximarse a la Alameda. Al llegar al paseo de que nos enorgullecemos todos como buenos santiaguinos, Leonor había recobrado ya su serenidad y alentaba a Matilde, a quien el temor había hecho perder enteramente la viveza y animación que al salir de su casa se miraba en su semblante.

La Alameda estaba desierta como lo está en días que no son festivos. El alegre sol de primavera jugaba en las descarnadas ramas de los álamos y extendía sus dorados rayos sobre el piso del paseo.


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