Martín Rivas

Martín Rivas

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—Vamos, ábreme tu corazón, ya sabes que te adoro.

—Te lo abriría en vano; no amo a nadie.

—Estás intratable. Hablaremos de otra cosa. ¿Sabes que tenemos un alojado?

—Así he sabido: un jovencito de Copiapó; ¿qué tal es?

—Pobrísimo —dijo Agustín con un gesto de desprecio.

—Quiero decir de figura.

—No le he visto; será algún provinciano rubicundo y tostado por el sol.

En este momento Leonor había concluido de peinarse, y se volvió hacia su hermano.

—Estás charmante —le dijo Agustín, que aunque no había aprendido muy bien el francés en su viaje a Europa, usaba gran profusión de galicismos y palabras sueltas de aquel idioma para hacer creer que lo conocía perfectamente.

—Pero tengo que vestirme —replicó Leonor.

—Es decir que me despides; bueno me voy. Un baiser ma chérie —añadió acercándose a la niña y besándola en la frente.

Luego, al tiempo de tomar la puerta, volvióse de nuevo hacia Leonor:

—¿De modo que desprecias a ese pobre Clemente?


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