MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Y ¿qué hacerle? —contestó con fingida tristeza la niña.
—Mira, trescientos mil pesos, no te olvides. PodrÃas irte a ParÃs y volver aquà a ser la reina de la moda. Yo te doy ma parole d’honneur que harÃas de Clemente cire et pabile —dijo, queriendo afrancesar una expresión vulgar con que pintamos al individuo obediente, sobre todo en amores.
Leonor, que conocÃa el francés mejor que su hermano, se rio a carcajadas de la fatuidad con que AgustÃn habÃa dicho su disparate al cerrar la puerta; y se entregó de nuevo a su tocador.
Los dos jóvenes que AgustÃn habÃa nombrado se distinguÃan entre los más asiduos pretendientes de la hija de don Dámaso Encina; pero la voz de la chismografÃa social no designaba hasta entonces cuál de los dos se hubiera conquistado la preferencia de Leonor.
Como hemos visto, los tÃtulos con que cada uno ellos se presentaba en la arena de la galanterÃa eran diversos.