Martín Rivas

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Clemente Valencia era un joven de veintiocho años, de figura ordinaria, a pesar del lujo que ostentaba en su traje gracias a los trescientos mil pesos que tanto recomendaba Agustín a su hermana. Por aquel tiempo, es decir en 1850, los solteros elegantes no habían adoptado aún la moda de presentarse en la Alameda en coupés o caléches como acontece en el día. Contentábanse, los que aspiraban al título de leones, con un cabriolé más o menos elegante, que hacían tirar por postillones a la Daumont en los días del Dieciocho y grandes festividades. Clemente Valencia había encargado uno a Europa, que le servía de pedestal para mostrar al vulgo su grandeza pecuniaria, que llamaba la atención de las niñas, y despertaba la crítica de los viejos, los que miran con desprecio todo gasto superfluo, desde algún sofá predilecto, donde forman sus diarios corrillos en el paseo de las Delicias. Mas, Clemente se cuidaba muy poco de aquella crítica y lograba su objeto de llamar la atención de las mujeres, que, al contrario de aquellos respetables varones, rara vez consideran como inútiles los gastos de ostentación. Así es que el joven capitalista era recibido en todas partes con el acatamiento que se debe al dinero, el ídolo del día. Las madres le ofrecían la mejor poltrona en sus salones; las hijas le mostraban gustosas el hermoso esmalte de sus dientes, y tenían para él ciertas miradas lánguidas, patrimonio de los elegidos; al paso que los padres le consultaban con deferencia sus negocios y tomaban su voto en consideración como el de un hombre que en caso necesario puede prestar su fianza para una especulación importante. Emilio Mendoza, el segundo galán nombrado por Agustín Encina en la conversación que precede, brillaba por la belleza que faltaba a Clemente y carecía de lo que a éste servía de pasaporte en los más aristocráticos salones de la capital. Era buen mozo y pobre. Empero, esta pobreza no le impedía presentarse con elegancia entre los leones, bien que sus recursos no le permitían el uso del cabriolé en que su rival paseaba en la Alameda su satisfecho individuo. Emilio pertenecía a una de esas familias que han descubierto en la política una lucrativa especulación y, plegándose desde temprano a los gobiernos, había gozado de buenos sueldos en varios empleos públicos. En aquella época ocupaba un puesto de tres mil pesos de sueldo, mediante lo cual podía ostentar en su camisa joyas y bordados de valor que apenas eclipsaba su poderoso adversario.


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